
Con un saludo cercano y luminoso —“Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Año Nuevo!”— el papa León XIV inició este jueves 1 de enero de 2026 su alocución previa a la oración del Ángelus, en la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y en el marco de la 59ª Jornada Mundial de la Paz.
Ante unos 40.000 fieles y peregrinos reunidos en una soleada Plaza de San Pedro, tras la celebración de la santa misa en la Basílica vaticana, el Pontífice subrayó que el comienzo del año no puede reducirse a una simple sucesión de fechas. “Mientras el ritmo de los meses se repite, el Señor nos invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y amistad entre todos los pueblos”, afirmó, al advertir que sin ese anhelo de bien “no tendría sentido girar las páginas del calendario ni llenar nuestras agendas”.
En su mensaje, León XIV evocó el Jubileo que está por concluir y lo definió como una escuela de esperanza, capaz de enseñar un camino concreto para la transformación personal y social. Señaló que ese tiempo de gracia permitió “convertir el corazón a Dios, para poder transformar los agravios en perdón, el dolor en consolación y los propósitos de virtud en obras buenas”.
El Papa explicó que de ese modo Dios entra en la historia y la rescata del olvido, donando al mundo al Redentor. Jesús, indicó, es el Hijo unigénito que se hace hermano de todos, iluminando las conciencias para que el futuro pueda construirse como “una casa acogedora para cada hombre y cada mujer”.
Al referirse a la solemnidad mariana, el Pontífice puso en el centro a la Virgen María, a quien definió como la primera morada del Verbo. “La fiesta de Navidad lleva hoy nuestra mirada a María, que fue la primera en sentir palpitar el corazón de Cristo”, expresó, y destacó que en el silencio de su seno virginal “el Verbo de la vida se anuncia como latido de gracia”.
León XIV afirmó que, al hacerse hombre, Dios revela su propio corazón y lo entrega a la humanidad. “El corazón de Jesús late por todo hombre y toda mujer”, sostuvo, tanto por quienes lo acogen con sencillez como por quienes lo rechazan, y subrayó que no permanece indiferente ante el sufrimiento, sino que llama a la conversión y a la paz.
El mensaje incluyó también una reflexión sobre el valor de la vida humana. El Papa invitó a contemplar el misterio del Salvador que nace de una mujer, un acontecimiento que se refleja en cada recién nacido y revela la imagen divina impresa en el cuerpo humano, como una llamada permanente a custodiar la vida como don sagrado.
Al concluir, en el marco de la Jornada Mundial de la Paz, León XIV exhortó a elevar una súplica común. “Oremos todos juntos por la paz”, pidió, especialmente por las naciones atravesadas por conflictos y miseria, pero también por los hogares y las familias heridas por la violencia y el dolor. Al confiar este clamor a la intercesión de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, el Pontífice reafirmó que Cristo es “el sol de justicia que nunca declina” y que, aun en un año marcado por desafíos, la esperanza cristiana no defrauda.