Dólar Oficial
$1.550
Dólar Blue
$1.565
Dólar Tarjeta
$2.015
Euro
€1.713,96
Real
R$306,43
Azúcar Tucumán · 50kg
$36.375
Azúcar Int. · Londres N5
US$24,707
Azúcar Int. · EEUU N11
US$423,29
Bioetanol de caña ($/L)
1.083
Bioetanol de maíz ($/L)
992.806

Foto: TDN
La noche era ideal. Aunque parezca una contradicción, porque la llovizna no daba el brazo a torcer, el clima terminó siendo un aliado de quienes llegaron dispuestos a bailar durante horas. ¿Qué mejor que un aire acondicionado natural para una noche en la que más de uno terminaría transpirando al ritmo del cuarteto? El Palacio de los Deportes, en pleno Parque 9 de Julio, se convirtió este viernes en una enorme pista de baile donde Carlos “La Mona” Jiménez volvió a demostrar que, después de seis décadas sobre los escenarios, conserva intacta su capacidad de movilizar multitudes.
Poco antes de las 23, las luces se apagaron y el griterío fue ensordecedor. Las banderas comenzaron a flamear, los teléfonos se levantaron y algunas lágrimas aparecieron incluso antes de que el protagonista pisara el escenario. Entonces llegó él, con pantalón rojo, anteojos negros y esa presencia que no necesita demasiadas presentaciones. Un “Buenas noches, Tucumán” alcanzó para desatar la euforia. Con sus manos dibujó una “T”, en un gesto de complicidad con el público, y enseguida comenzaron a sonar los primeros acordes de “Callejera”.
Mientras todavía había gente ingresando al predio, el baile ya se había apoderado del lugar. Después llegaron “Locura total” y “Ramito de violetas”, que miles de voces cantaron al unísono. Algunos se desgargantaban intentando seguir cada estrofa; otros parecían dispuestos a dejar la cintura en el intento. La secuencia continuó con “Se lo juro, vieja” y “Jaque mate”, mientras el cantante mantenía ese diálogo permanente con sus seguidores que constituye una de las marcas registradas de sus recitales.
Entre canción y canción, las banderas se levantaban para llamar su atención. La Mona intentaba leerlas y devolver algún saludo. Había quienes se subían a los hombros de sus acompañantes para mostrarle los tatuajes que llevaban en la espalda, algunos con el rostro del artista ocupando buena parte del cuerpo. Otros simplemente cerraban los ojos y cantaban, como si en ese instante no existiera nada más importante que la música.
La primera parte avanzó con “Oh, señor”, “Celosa”, “La Mona es un muchacho de barrio”, “El carcelero”, “El federal”, “La pupera”, “La noche y yo”, “Mujer y amante” y “Me desespero”. Cada tema encontraba una respuesta inmediata. En medio del espectáculo también hubo lugar para los recuerdos. Jiménez evocó a Villa 9 de Julio, el barrio tucumano donde nació su padre, y compartió algunas anécdotas familiares que despertaron una reacción especial entre los presentes.
El primer tramo terminó con “Quién se tomó todo el vino”, uno de esos clásicos que forman parte del patrimonio sentimental de varias generaciones de argentinos. El Palacio de los Deportes se convirtió en un solo coro. Para cualquier otro artista podría haber sido el final del espectáculo, pero La Mona todavía tenía mucho por ofrecer.

Hubo un cambio de vestuario y una pausa para recuperar algo de aire. Adentro, el público esperaba la segunda parte. Afuera también había otro recital: el de quienes no habían conseguido entradas, pero se acercaron igualmente al Parque 9 de Julio para escuchar a su ídolo. Bajo la llovizna, entre charcos y paraguas, cantaban y bailaban con la música que llegaba desde el escenario.
La segunda parte llegó recargada. “Tinta china” abrió una nueva seguidilla que incluyó “El viernes”, “Amor de compra y venta”, “El marginal”, “Madre soltera”, “Señor juez, un minuto por favor”, “Escríbele una carta”, “Goma de mascar” y “Por portación de rostro”. El ritmo no aflojaba y el cantante seguía desplazándose por el escenario con una energía que parecía desafiar el paso del tiempo.
Para muchos, aquellas canciones eran bastante más que un repertorio musical. Cada una tenía una historia detrás: un amor que terminó mal, una noche inolvidable, una pelea familiar, una reconciliación o el recuerdo de alguien que ya no está. La Mona canta sobre situaciones que forman parte de la vida cotidiana de miles de argentinos. Tal vez allí resida buena parte del secreto de su permanencia: sus canciones no envejecen porque las historias que cuentan siguen ocurriendo.
En el Palacio de los Deportes también se mezclaban las tonadas. No estaban solamente los tucumanos, que habían copado el lugar con sus banderas. Había seguidores llegados desde Tierra del Fuego, Catamarca, Mendoza, Salta, Buenos Aires y, por supuesto, Córdoba. Algunos recorrieron miles de kilómetros; otros llegaron en colectivos, incluso después de atravesar contratiempos durante el viaje.
Nadie quería perderse la oportunidad de reencontrarse con el Mandamás.
Esa fidelidad es uno de los fenómenos que rodean a Jiménez. Muchos llevan años acompañándolo y otros son jóvenes que descubrieron sus canciones a través de sus padres o abuelos. En una misma noche podían verse personas de distintas edades cantando exactamente las mismas estrofas, con idéntica emoción.

La previa: música, baile y una multitud que esperaba al Mandamás
La fiesta había comenzado mucho antes de que La Mona apareciera en escena. Desde el ingreso de los primeros asistentes, la música acompañó la espera y el grupo La Tecla fue el encargado de animar al público. Su cantante, Mateo, dejó todo sobre el escenario y recibió una ovación de los cuarteteros que aguardaban la llegada del protagonista principal.
Después continuó la música y hasta hubo una suerte de vocalización colectiva con canciones de Jiménez. Era una manera de preparar las gargantas para lo que vendría. La gente respondía, cantaba y bailaba mientras el Palacio de los Deportes terminaba de llenarse. La espera, lejos de resultar tediosa, se convirtió en parte del espectáculo.
Una producción a la altura y un operativo de seguridad que acompañó la fiesta
La organización también tuvo un papel importante en el desarrollo de la noche. El sonido fue impecable, acompañado por un despliegue de luces y pantallas que permitió seguir el espectáculo desde distintos sectores del predio. Los asistentes contaron con espacios para comprar bebidas y puestos de hidratación gratuita, una alternativa importante para quienes necesitaban tomar agua sin realizar una compra.
También se destacó el trabajo de Defensa Civil de la Municipalidad, los efectivos policiales y el personal de seguridad privada. La presencia de los distintos equipos permitió ordenar los accesos y acompañar el movimiento de miles de personas. La Policía actuó con respeto hacia los asistentes y se mantuvo atenta para prevenir inconvenientes.
La producción general estuvo a cargo de Julio Rasuk, quien volvió a demostrar que Tucumán cuenta con las condiciones para recibir espectáculos de gran convocatoria. La organización, el despliegue técnico y la respuesta del público dejaron una conclusión que trasciende esta presentación: la provincia puede y debe seguir formando parte del circuito de los grandes recitales nacionales.
Cuando la noche avanzaba y la llovizna seguía acompañando a quienes bailaban dentro y fuera del Palacio de los Deportes, quedaba una certeza: Carlos “La Mona” Jiménez había vuelto a hacerlo. Había conseguido que miles de personas olvidaran por unas horas sus preocupaciones, cantaran historias propias y ajenas y compartieran una celebración difícil de olvidar.
Quizás esa sea la mayor virtud de un artista que lleva seis décadas cantándole a la vida de la gente. La Mona no necesita reinventarse para seguir siendo actual. Le alcanza con subir al escenario, levantar las manos y dejar que su cuarteto haga el resto. En Tucumán, una vez más, el Mandamás hizo bailar a todos. Y ni siquiera la lluvia pudo detenerlo.