
Fue una semana de esas que, en política, se capitalizan. Principalmente, porque Osvaldo Jaldo venía golpeado. Las inundaciones habían dejado a la intemperie la fragilidad de la gestión y, como si hiciera falta algo más, la violencia política había escalado con un episodio que cruzó todos los límites. En ese contexto, el oficialismo decidió hacer lo único que podía hacer: ordenarse.
En política también hay que saber administrar la miseria. El almuerzo en la Legislatura no fue una catarsis, sino más bien un cerrojo interno. Miguel Acevedo y el gobernador se sentaron frente a su tropa para bajar la espuma y marcar territorio. Donde muchos esperaban reproches por la cercanía con Javier Milei, hubo pragmatismo. Donde podía haber ruido interno, se impuso una consigna: “no sobra nadie”.
Jaldo habló sin estridencias, pero con una hoja de ruta clara. Admitió el contexto adverso, defendió su vínculo con la Casa Rosada y dejó una frase que sintetiza su lógica de poder: hará lo que tenga que hacer para sostener la gobernabilidad. "Me voy a poner la peluca las veces que sea necesaria", soltó.
Acevedo, por su parte, cumplió otro rol: contener a los heridos. Pidió no romper con los propios, incluso con los que cuestionan. El mensaje para el bloque fue un "todos adentro". Es decir, se permite el perfil crítico hacia la Nación para cuidar el voto peronista, pero la lealtad al esquema local no se negocia. El 2027 ya empezó, y Jaldo avisó que no piensa dejar más heridos en el camino que puedan alimentar una fuga.
Pero la verdadera prueba llegó después. Y no fue en la Legislatura. La visita de Javier Milei podía haber sido un problema, y terminó siendo el bálsamo que el jaldismo necesitaba para tapar el barro de La Madrid. En medio del peor momento político de su gestión, Jaldo consiguió algo más valioso que una foto: normalidad.
Las imágenes hablaron por sí solas. El Presidente bajó del avión, sonrió, abrazó. Jaldo respondió en el mismo tono. Sin reproches, sin tensión, sin escena. Luego, el mismo clima se replicó con Karina Milei.
El dato fino, el que no se vio pero pesó, es otro. Hasta el día previo, uno de los que iba a recibir a Milei era Lisandro Catalán. Sin embargo, el presidente de La Libertad Avanza en Tucumán no estuvo en las fotos en el aeropuerto. La presión de la Casa de Gobierno fue determinante y al ex ministro del Interior lo "bajaron" del protocolo.
A modo de resarcimiento, Catalán tuvo su foto más tarde, en el hotel en el que se desarrolló el foro económico en el que los libertarios cuestionaron la gestión provincial. Para alguien que venía confrontando con la gestión provincial, el contraste fue evidente y el sinsabor, innegable.
El operativo político se completó con otro gesto: Acevedo, uno de los más críticos del mileísmo, también fue parte de la recepción. Tampoco fue casual. Fue una señal hacia adentro y hacia afuera del peronismo, en momentos en que el senador Juan Manzur intenta reaparecer con llamados a dirigentes que le respondían para cuestionar la postura dialoguista de Jaldo hacia la Nación. "Estoy preocupado por Osvaldo", cuentan que repite el ex gobernador.
El Presidente evitó meterse en la política local y se fue sin dejar heridos. Demasiado orden para una provincia que, días antes, parecía desbordada. En la Casa de Gobierno leyeron el resultado sin eufemismos: la prueba fue superada y el peor momento político pasó.
No obstante, en los despachos de la Casa de Gobierno saben que el alivio es temporal. La economía no da tregua y las promesas de Nación de compensar la caída de ingresos siguen siendo eso: promesas. En el mientras tanto, Jaldo logró recuperar la política cuando más lo necesitaba. Primero, disciplinando hacia adentro. Después, administrando la relación con los libertarios sin perder centralidad.
Lo urgente era recuperar el control. Y, al menos esta semana, lo consiguió.