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Olga Paterlini de Koch, explicando los detalles de la obra a TDN.-
A dos días de uno de los momentos más esperados, Olga Paterlini de Koch atiende el teléfono. Antes de cualquier pregunta hace una advertencia, entre seria y divertida: que la entrevista no sea con cámara porque recién se despierta.
La propuesta inicial era conversar sobre San Francisco, sobre los años de restauración y sobre la inminente reapertura. Pero después de escuchar cómo venía su jornada, este periodista le explica que la intención es otra: verla personalmente, encontrarse dentro del templo y conversar allí, en el lugar al que dedicó buena parte de los últimos años.
Acepta.
Llega un poco más tarde de lo previsto. La demoraron en una farmacia. Apenas entra, vuelve a incorporarse a ese movimiento que por estos días parece no detenerse dentro de San Francisco. Hay obreros, integrantes y colaboradores de la comisión de recuperación, herramientas y tareas pendientes. Paterlini saluda con afecto, conversa con unos y otros y, antes de comenzar la entrevista, almuerza unas empanadas de pie, junto a quienes trabajan en el lugar.
No parece una jornada protocolar. Tampoco una entrevista convencional. Faltan pocos días para que las puertas vuelvan a abrirse después de ocho años y cada minuto parece tener algo por resolver. Finalmente se hace un tiempo y comienza la conversación.
En medio de la charla ocurre algo que modifica por completo la escena: empieza a sonar el órgano de tubos.
La música se expande por una iglesia que durante años permaneció cerrada. Por unos instantes, las obras, los andamios y las tareas pendientes parecen quedar en segundo plano. El sonido anticipa lo que está por suceder y vuelve inevitable la emoción. Paterlini hace una pausa. En distintos momentos de la conversación los recuerdos la conmueven y alguna lágrima aparece sobre su rostro.
No es solamente una arquitecta observando el resultado de una intervención patrimonial. Hay algo personal en esta historia, algo que explicará más adelante.
Paterlini, arquitecta, doctora en Arquitectura, profesora emérita de la Universidad Nacional de Tucumán y exdecana de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, integra la comisión de puesta en valor del templo y convento junto con el arquitecto Andrés Raúl Nicolini, el ingeniero civil Daniel Mafud y la contadora Nilda Velásquez, apoderada de la Orden Franciscana.
Para reconstruir el camino hay que volver a febrero de 2019. Entonces se realizó una reunión en la Federación Económica de Tucumán de la que participaron universidades y representantes de distintas instituciones. La preocupación era concreta. “Se planteó el problema de que San Francisco estaba en serios, serios peligros desde el punto de vista estructural”, recuerda Paterlini. De aquella convocatoria surgió una comisión amplia y posteriormente un comité ejecutivo que debía comenzar a transformar la preocupación en acciones concretas.
Ella no quería asumir otra responsabilidad. Acababa de dejar el decanato y estaba agotada después de años de gestión universitaria. “Les dije: voy a integrar la comisión, pero no me den tanta responsabilidad”, recuerda. Insistieron. Ella pensó que, ya jubilada, probablemente sería quien tendría más tiempo disponible. Finalmente aceptó.
Lo que no había era dinero.
“No había nada, no había nada. Estaba el espíritu y la voluntad de cada uno de que había que hacer algo, pero no había ningún recurso disponible”, cuenta. Los primeros fondos llegaron de una manera sencilla. La comisión impulsó bonos solidarios de distintos valores. En aquel momento todavía se celebraban misas dentro de San Francisco y los fieles, al salir, se acercaban a la secretaría para colaborar. “Gente que es muy humilde, gente muy devota, gente que toda la vida adoró San Francisco. Entonces, esos fueron nuestros primeros recursos”, relata.
La comisión tomó además una decisión: no manejaría directamente ese dinero. La Orden Franciscana abrió una cuenta específica para San Francisco y allí comenzaron a depositarse las donaciones.
Familiares, amigos, profesionales e instituciones se fueron sumando. Algunos vendían bonos. Otros aportaban conocimientos, tiempo o trabajo. Personas que inicialmente ni siquiera se conocían terminaron formando un grupo unido por un mismo objetivo. “Se siente que no hay imposibles, que el hombre no tiene fronteras e imagina un camino, e inmediatamente, ahí está el valor del grupo, se potencia y se define ese camino con el apoyo de cada uno de los miembros”, dice Paterlini.

De una fachada que se desmoronaba al regreso de los fieles
El recorrido no fue sencillo. Paterlini recuerda las gestiones realizadas ante organismos nacionales para obtener financiamiento y asegura que los recursos esperados finalmente no llegaron. La comisión buscó entonces otros caminos y encontró acompañamiento, en distintas etapas, desde el ámbito municipal.
La fachada se convirtió en uno de los primeros grandes desafíos. La idea era recuperar sus características originales, restituir los ornamentos y utilizar ese trabajo también como una experiencia para establecer de qué manera debía intervenirse un edificio de semejante valor patrimonial.
El diagnóstico mostraba la gravedad de la situación. En algunos sectores del campanario bastaba tocar el revoque para que comenzara a desmoronarse. Había pilastras y capiteles deteriorados y balaustres prácticamente sueltos.
Hubo que investigar antes de restaurar. Se realizaron consultas con el CONICET, el INTI y especialistas para determinar las características de los antiguos revoques y pinturas. También fue necesario diseñar sistemas especiales de amarre y sostén para distintos elementos.
Paterlini insiste en que detrás de la recuperación hay nombres que pocas veces aparecen. Profesionales, investigadores, escultores y albañiles. Habla del escultor Jaime Pereira y de Blas, un trabajador de la obra al que llaman “Chaqui” y a quien define como un artista por su capacidad para reconstruir los ornamentos. “Mucha gente valiosa ha participado acá, y yo creo que esa es la gente que uno debe rescatar. Tucumán tiene gente inteligente, preparada”, afirma.
Durante estos años se recuperó la fachada y se restituyeron sus ornamentos. También se intervino el muro sur sobre calle San Martín, se trabajó sobre desagües y canaletas y se realizaron tareas de fortalecimiento estructural. Las intervenciones permitieron finalmente levantar la clausura y avanzar hacia una reapertura parcial del templo.
Pero abrir las puertas no significa que el trabajo haya terminado. “Hay muchísimo más para hacer”, advierte Paterlini. La comisión ya tiene nuevos proyectos y obras por delante para continuar con la recuperación integral del conjunto.
Entonces la conversación vuelve a un terreno personal.
Uno de sus hijos decidió ser sacerdote y estuvo durante 14 años vinculado a una orden religiosa. A través de él, Paterlini conoció de cerca el trabajo de las comunidades y el esfuerzo cotidiano de quienes dedican parte de su vida al servicio de los demás.
Cuando se jubiló se hizo una pregunta: “¿Cómo puedo acompañar a este chico mío?”, recuerda. La respuesta que encontró fue sencilla: “Haciendo un servicio”.
Y justo entonces apareció San Francisco. “No es cuestión de ser servido, sino de servir. No es cuestión de tener, sino de dar”, reflexiona. Luego reconoce aquello que permite comprender por qué, después de tantos años, todavía sigue allí: “En el fondo ha sido un tema personal”.
El órgano vuelve a hacerse presente en la conversación. Su música recorre la nave mientras alrededor continúa el movimiento de los trabajadores. Paterlini escucha y se emociona. “Mucha emoción”, había respondido cuando le preguntaron qué sentía.
Afuera, la ciudad continúa con su ritmo habitual. Adentro, en cambio, todo parece acelerarse. Faltan pocos días. Hay cosas por terminar, sectores por ordenar y detalles que resolver antes de que regresen los fieles.
Olga Paterlini termina de conversar y vuelve a mezclarse entre quienes trabajan.
La restauración de San Francisco continuará. Habrá nuevos proyectos, nuevas obras y sectores que todavía deberán esperar. Pero después de ocho años, algo fundamental está a punto de cambiar: el templo volverá a tener gente en su interior.
Quizás por eso, mientras el órgano de tubos vuelve a sonar, la frase que Paterlini había pronunciado unos minutos antes adquiere otro sentido: “Se siente que no hay imposibles”.
Una recuperación para devolverle vida al templo
La recuperación del templo fue impulsada por la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, junto con el Gobierno provincial, el aporte de empresas privadas —entre ellas, la Compañía Azucarera Los Balcanes— y la Comisión de Puesta en Valor del Conjunto Franciscano. Los trabajos avanzaron en la restauración integral del edificio y en la preservación de su valor histórico y cultural.
La reapertura será mañana.
Según informó el municipio capitalino, a las 10 se realizará una visita guiada por el templo y, a las 12, se celebrará la Santa Misa, que será presidida por el arzobispo Carlos Sánchez junto a miembros de la comunidad franciscana, que también conmemora su año jubilar.