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MUNDIAL 2026

El Mundial que nos dejó el alma llena y las manos vacías

Argentina cayó en la final ante España y se despidió del sueño más grande sin levantar la copa. Pero entre lágrimas, abrazos y la despedida de Messi (de mundiales), el equipo de Scaloni deja una huella imborrable para el fútbol argentino.

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Nicolás MartínTendencia de noticias
19 jul, 2026 09:27 p. m. Actualizado: 19 jul, 2026 10:10 p. m. AR
El Mundial que nos dejó el alma llena y las manos vacías

Empezaré por el final y terminaré por el principio: una final que no condice con lo que fue este ciclo. Sí, también tomó Qatar y las Copas América, porque ahí se forjó el proceso más exitoso de nuestra historia. Y, a pesar de que el trámite fue apático y alejado de nuestra impronta, hay que decirlo: una final de Mundial no es algo que se juegue todos los días.


La vimos pasar, la sufrimos, y aun así, contra toda lógica, había algo de ilusión: porque este equipo fue la Selección del empuje, de lo sentimental, de no dejarte jamás tirado. Y con todo lo negativo de esta final —en la que ni siquiera pateamos al arco— fue apenas un 1-0 el que nos permitió soñar hasta el final. Porque espíritu, a este equipo, le sobra. Y también tuvo fútbol, aunque haya sido a cuentagotas.


El equipo dio lo que no tenía. Cuando no había fútbol, afloraba el potrero argentino, y aparecía la magia en los momentos puntuales. Eso, también, es parte de la experiencia de ser de la Scaloneta. Pero la nafta se fue acabando, y en cada uno de esos arranques, apremiados por el tiempo, el equipo se fue quitando vidas de encima, como si se tratara de un gato.


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Desde la fase de grupos, donde Argentina sufrió algo pero la sobrepasó sin demasiado susto, hasta la fase eliminatoria, que fue otra historia: rezar, sufrir, patalear y gritar hasta el final. Todas las facetas de la emotividad, en un solo Mundial.

Pero me quedo con todas las imágenes inolvidables, porque el sufrimiento enorme fue equivalente a los abrazos eternos y a los recuerdos imborrables: los centrales diciendo presente contra Cabo Verde, la remontada épica ante Egipto, el golazo de Julián contra Suiza, y la batalla de todos los tiempos contra Inglaterra.


Y entre esas escenas, no nombrarlo a Él es directamente una herejía. Lo que hizo Messi entrará en los libros: no en los del fútbol, ni en los del deporte, sino en los de la humanidad. A sus 39 años, desafió la biología. Le darán el Balón de Oro a algún español con el mismo sazón que un pollo hervido con arroz, pero Messi hizo 8 goles y fue la bandera de una Argentina entera. Un equipo que el mismo Scaloni reconoció, en varias ocasiones, que llegó fundido, a media máquina, pero que, cuando el maquinista con la 10 quería, se convertía en una topadora. Lo disfrutamos. Lo lloramos. Su última función fue con todo el brillo de una estrella que siempre se mantendrá encendida en cada uno de los corazones de los argentinos y de los amantes del fútbol, porque es el mejor jugador de todos los tiempos. Su sola presencia envalentona hasta al más débil, y sus triunfos y sus desgracias son parte de todos los argentinos. Ayer no pudo ser, pero este tipo es la imagen de la resiliencia y el ejemplo de la no claudicación. Es enorme lo que hizo por tantas generaciones que tendrán a la esperanza como fiel amiga a la hora de luchar por sus sueños.


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Duele la final, porque fue el Mundial de la épica y no tuvimos nada de épico, ni de milagroso, ni siquiera de fútbol. Pero fueron muchos los factores —las lesiones, el cansancio— que hicieron mella ante una buena selección como España, justa campeona.


A Scaloni se le pueden achacar muchas cosas, y es cierto que equivocó caminos. Pero hay que certificarle que decidió ir con su grupo hasta el final: ese reconocimiento en la cancha habla más de un amigo que de un entrenador. Y eso habla de su enorme corazón; sus lágrimas en conferencia de prensa demostraron que batalló con millones de cosas y, aun así, estuvo a la altura compitiendo hasta el último torneo de una Copa del Mundo.


Gracias. Simplemente, gracias. Pase lo que pase en el futuro, hay un legado, hay una estela que seguir y, a pesar de la derrota, ganas de sonreír. Y también hay futuro, hay recambio, y hay chances de seguir soñando. Con fútbol, con huevos, siempre con la Albiceleste.

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