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MI PRIMER SUFRIMIENTO COMPLETO

Una noche para entender por qué el fútbol mueve un país

Crónica de una noche en la que un bar tucumano dejó de ser un bar para convertirse en una tribuna. Entre nervios, abrazos, cábalas y goles, la Selección volvió a unir a los argentinos alrededor de una misma ilusión.

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José Romero SilvaTendencia de noticias
12 jul, 2026 09:53 a. m. Actualizado: 12 jul, 2026 09:53 a. m. AR
Una noche para entender por qué el fútbol mueve un país

Foto: TDN

No soy de esos que viven el fútbol con la televisión prendida desde dos horas antes. Tampoco de los que conocen todas las estadísticas o repasan las formaciones de memoria. Confieso algo: desde el Mundial anterior tengo una cábala impuesta por mis propias hijas. Ellas estaban convencidas de que, si yo me dormía durante los partidos, la Selección ganaba. Y como funcionó, la tradición quedó instalada. Mientras ellas gritaban los goles, yo me despertaba para sumarme a los festejos.


Esta vez fue distinto.


Había que trabajar y la invitación de mi comadre, la periodista de Cadena 3 Rosalía Cazorla, me llevó hasta Argento Club para vivir el partido desde otro lugar. No desde el sillón de casa ni con el control remoto en la mano, sino rodeado de cientos de personas que compartían una misma ilusión.


Minutos antes del comienzo, el bar cambió por completo. La música bajó de volumen, comenzaron a repartir cotillón y las pantallas dejaron paso a la transmisión de Telefe. Las mesas ya no eran simplemente mesas: eran pequeñas tribunas. Había caras pintadas, camisetas albicelestes, familias enteras, amigos, niños con vinchas y hasta las inevitables vuvuzelas que anunciaban que esa noche nadie pensaba quedarse callado.


El Himno Nacional se cantó. Sin que nadie lo pidiera. Como si fuera un ritual inevitable.


Y entonces empezó el partido.


Apenas iban 9 minutos cuando la moza llegó con la pizza. Bastó un segundo de distracción para mirar el plato y dejar de mirar la pantalla. Alcanzó apenas ese instante.


¡Gol!


No entendimos nada.


Solo vimos a todos levantarse al mismo tiempo. Gritos, abrazos, vasos en el aire, personas abrazándose sin conocerse. Las imágenes que después inundaron las redes sociales fueron exactamente las que se vivieron ahí adentro.


Argentina empezó a dominar y cada avance despertaba un murmullo que terminaba transformándose en un grito de aliento. Y cuando apareció una de esas atajadas monumentales de Emiliano "Dibu" Martínez, el bar explotó nuevamente. Hay jugadores que ya no necesitan hacer un gol para convertirse en héroes.


Llegó el entretiempo.


La transmisión volvió a bajar el volumen, la música recuperó protagonismo y muchos aprovecharon para salir a fumar o hacer la fila del baño. Otros seguían repasando las jugadas mientras el bar organizaba sorteos y juegos con premios. Era una fiesta.


Hasta ese momento.


Porque el fútbol siempre tiene reservado un capítulo para el sufrimiento.


A los 67 minutos llegó el empate de Suiza.


El silencio fue inmediato. Ya nadie hablaba fuerte. Más de uno se tomó la cabeza con las dos manos.


"Se venía venir...", comentó alguien en la mesa de al lado.


Después llegó la polémica. La falta sancionada sobre Leandro Paredes provocó una sentencia que arrancó carcajadas incluso en medio de los nervios. "Hay mejores actores en La Rosa de Guadalupe", lanzó una mujer mientras el árbitro mostraba la tarjeta roja al suizo Breel Embolo.


El estadio rugía desde la televisión. El bar también.


Pero había una sensación extraña. Aunque Suiza jugaba con un hombre menos, parecía que los once seguían ahí. Argentina empujaba, pero el reloj avanzaba demasiado rápido.


Las vuvuzelas dejaron de sonar.


Nadie cantaba.


Cada uno hacía fuerza a su manera.


Algunos apretaban una estampita. Otros sostenían una medalla. Había quienes no podían quedarse sentados y caminaban entre las mesas mirando una pantalla y otra, como si cambiar de lugar pudiera cambiar el resultado.


Entonces llegaron los minutos que parecen durar una eternidad.


A los 112 apareció el desahogo.


El gol hizo que todo volviera a empezar. Otra vez los abrazos. Otra vez los gritos. Otra vez las cornetas.


Me levanté de la mesa y caminé hasta el fondo del bar, donde una pantalla gigante reunía a quienes ya no soportaban seguir el partido desde sus sillas. Una señora gritaba desesperada pidiéndole al reloj que avanzara más rápido. Se agarraba la cabeza sin imaginar que todavía faltaba una emoción más.


Porque apareció Lautaro Martínez.


El tercero.


La sentencia.


Y ahí sí el partido terminó de convertirse en una celebración.


Muchos ya no tenían pintura en la cara. Se había mezclado con las lágrimas y el sudor de los nervios. Otros seguían abrazados. Algunos rezaban hasta el último segundo, como si esos cuatro minutos finales todavía pudieran cambiarlo todo.


Pero esta Selección tiene algo que hace tiempo viene demostrando. Nunca deja de competir. Aun cuando las piernas pesan, cuando el físico no alcanza o cuando parece que el rival tiene el control, encuentra una manera de seguir creyendo.

Y quizás eso sea lo que más enamora.


Cuando terminó el partido entendí por qué miles de argentinos vuelven a ilusionarse una y otra vez.


Yo, que casi siempre los partidos los veía dormido por cábala, esta vez los viví completos. Sentí los nervios, los silencios, los abrazos con desconocidos y la felicidad de un pueblo que vuelve a encontrarse alrededor de una pelota.


Mis hijos y mi esposa celebraban desde Buenos Aires, incluso pasaron unos minutos por el Obelisco. Yo las imaginaba mientras seguía viendo cómo el bar entero cantaba.


El miércoles habrá otra historia.


Y, por las dudas, mejor lo digo como corresponde.


Tranquilos... anulo mufa.


¡Vamos, Argentina!


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