
Foto: Gobierno de la provincia.-
Durante los últimos años, cada celebración de la Independencia terminó siendo utilizada para enviar mensajes de poder. La pandemia obligó a actos deslucidos, con plazas vacías y presidentes hablando por videoconferencia. Después llegaron los tiempos de las tensiones políticas.
En el primer 9 de Julio de Javier Milei como presidente, el frustrado Pacto de Mayo terminó firmándose en Tucumán, pero en julio. Aquella foto que pretendía simbolizar consensos quedó rápidamente opacada por la ruptura definitiva con la vicepresidenta Victoria Villarruel. Paradójicamente, un encuentro convocado para mostrar unidad terminó profundizando una de las internas más importantes del Gobierno nacional, una relación que continúa deteriorándose hasta hoy.
El año pasado la situación tampoco ayudó. Las condiciones climáticas impidieron la que Milei llegara a la tradicional vigilia y el Presidente decidió permanecer en Buenos Aires. Villarruel sí llegó a Tucumán, aunque sin una agenda compartida con el Gobierno provincial. Visitó la Casa Histórica, rindió homenaje a los congresales y pasó por la Catedral luego de no haber podido participar del Tedeum. Otra vez, la política terminó ocupando el centro de la escena. Este año fue diferente.
Más allá del debate pendiente sobre la organización de la vigilia —una discusión que todavía enfrenta al Gobierno nacional con la Provincia respecto de quién debe conducir el acto central de la noche del 8 de julio—, el resto de las actividades recuperó algo que parecía haberse perdido: el protagonismo de la gente. Sin embargo, todavía quedan aspectos para corregir. Resulta difícil comprender que las agrupaciones gauchas, protagonistas indiscutidas de la identidad tucumana y del espíritu de la Independencia, no hayan tenido el lugar que merecen dentro de la ceremonia central. Si hay una fecha donde el tradicionalismo debe estar presente, es precisamente el 9 de Julio. La organización nacional y las áreas de ceremonial deberían tomar nota de ello para las próximas ediciones.
Pero hubo un hecho aún más llamativo. La imagen de la Virgen de la Merced, Generala del Ejército Argentino y patrona de Tucumán, tampoco pudo participar de la vigilia como estaba previsto. El motivo, según trascendió, fue tan insólito como simbólico: sus escoltas no contaban con las pulseras de acreditación necesarias para superar los controles de seguridad y llegar hasta la puerta de la Casa Histórica. Cuesta explicar que un operativo pensado para garantizar la seguridad termine dejando afuera a uno de los símbolos religiosos e históricos más importantes de la provincia justamente en la noche en que se conmemora el nacimiento de la Nación. Hay protocolos que deben cumplirse, pero también hay símbolos que merecen un tratamiento acorde a su significado histórico e institucional.
Los tucumanos y miles de turistas volvieron a apropiarse de la celebración. Una imagen resume ese cambio. A primera hora de la mañana, la multitud reunida en Plaza Independencia comenzó a pedirle al gobernador Osvaldo Jaldo que iniciara el acto del izamiento de la bandera. El chocolate caliente, los bollitos y las facturas pusieron impacientes a grandes y chicos. No es habitual ver semejante convocatoria espontánea para un acto protocolar.

La presencia de Victoria Villarruel también quedó envuelta en ese clima. Cumplió el rol institucional que le corresponde como vicepresidenta de la Nación. Saludó a la formación militar, caminó hasta la Catedral junto a las autoridades provinciales y recibió aplausos de vecinos y turistas. Sin estridencias. Sin gestos políticos. Solo ocupando el lugar que el protocolo le asignaba.
La ceremonia religiosa mantuvo el mismo respeto que el Himno Nacional interpretado minutos antes en la plaza. Más tarde, en el Parque 9 de Julio, durante casi cinco horas, el gobernador, todo su gabinete y la vicepresidenta permanecieron en sus lugares acompañando el desfile cívico-militar.
Mientras tanto, el verdadero protagonista era el público. Las familias almorzaban al costado de la avenida Soldati, los chicos corrían con pequeñas banderas argentinas y nadie parecía tener apuro por irse. Permanecieron hasta el último momento, esperando el paso final de las agrupaciones tradicionalistas. Incluso el Chaqueño Palavecino decidió participar montando su propio caballo, como un gaucho más en una fecha que trasciende cualquier escenario.
Los desfiles tienen esa particularidad: pocas veces fallan. Sean grandes o modestos, generan un sentido de pertenencia difícil de explicar. Despiertan recuerdos familiares, emocionan a los veteranos y permiten que los más chicos entiendan por qué esa fecha sigue siendo distinta.
Es cierto que el presidente Javier Milei debería haber estado presente. La celebración de la Independencia merece la presencia del jefe de Estado, como ocurre en cualquier país que honra sus fechas fundacionales. También sería deseable que la Nación vuelva a destinar los recursos necesarios para que el desfile militar recupere la magnitud que supo tener décadas atrás. Pero aun con esa ausencia, Tucumán volvió a ocupar el lugar que le corresponde en la historia argentina. Por unas horas, las discusiones partidarias quedaron en un segundo plano. La gente celebró. La política acompañó. Y la Patria volvió a sentirse protagonista.
Quizás esa haya sido la mejor noticia de este 9 de Julio. Porque cuando la institucionalidad pesa más que las diferencias políticas, ganan Tucumán, la historia y, sobre todo, los argentinos.