
Mariana Romero / TDN.-
En ojotas, en pantuflas, en pijamas y hasta sin ropa: así se encontraron los vecinos del edificio de Monteagudo 120 en la vereda del Concejo Deliberante donde, por pura intuición, llegaron para refugiarse.
Cerca de las 17.30 escucharon una explosión que sacudió el edificio entero. Muchos no lo sabían, pero había ocurrido en un departamento del tercer piso contrafrente del mismo inmueble. A los del segundo piso se les desprendió parte del cielorraso. Los de los pisos superiores se asomaron a la calle pensando que un auto se había estrellado en un edificio y vieron que salía humo del piso de abajo.
Aturdidos, comenzaron a bajar. Una pareja tomó el ascensor y, una vez en la vereda, tomó conciencia de que era lo peor que podrían haber hecho: segundos después se cortó la luz y ellos podrían haber quedado atrapados en el humo.
Los más jóvenes encararon las escaleras, pero la tarea se hizo difícil porque subía una densa columna de humo. "Había un olor como a kerosene", contaba una vecina del sexto y sus vecinos de piso coincidían. Cuando llegaron a la vereda vieron que en la terraza había gente que pedía auxilio: habían decidido subir en vez de bajar por temor a no poder respirar.
El portero del edificio reaccionó. Rompió el vidrio del contenedor del matafuegos e intentó apagar las llamas. No pudo contra el fuego, en parte porque estaba asfixiándose y en parte porque tenía las manos heridas por los cristales. Cuando llegó a la vereda, debió ser asistido con oxígeno y trasladado al hospital.
El habitante del tercer piso, del departamento donde ocurrió la explosión, quedó muy malherido. Fue asistido, primero, por el personal motorizado del 107, quien advirtió que se trataba de un hombre de mediana edad. Sus vecinos decían que era médico. Todos rumoreaban que había intentado quitarse la vida dos veces. Fuentes de la investigación confirmaron que es la hipótesis que se está manejando.
La calle quedó cortada, los Bomberos ayudaron a todos a salir y atacaron las llamas con la furia del agua, que quedó cayendo desde el tercer piso hasta la noche. El edificio, a oscuras y vacío, seguía despidiendo un intenso olor a quemado y rodeado de humo.
“Nos dijeron que en tres horas y media íbamos a poder entrar”, comentaba una joven a sus dos vecinos de piso. “No creo, había muchos escombros hasta en el ascensor, eso significa que se rompieron paredes, no creo que podamos volver hoy”, comentó una mujer de mediana edad que se sumó al grupo. “Además ¿quién va a poder respirar con este olor?”, completó un muchacho.
Alejada unos metros, una mujer delgada no podía contener las lágrimas. Miraba hacia arriba sin distraerse y en silencio. De pronto, la llamó un bombero y ella salió corriendo. Volvió llorando con más fuerza pero de alivio, con su perro en brazos, pegando su cara al hocico del animal que se veía medio cansado. Había quedado atrapado en el edificio pero el humo no lo había asfixiado.
Pronto, el animal se sumó a un Bulldog Francés atigrado, unido a su humana por una correa verde. Una bigotuda sin raza definida pero con un chaleco de polar se sentó a la par. Entre ellos, un salchicha se movía nervioso. Todos habían logrado salvar a sus mascotas o, por lo menos, nadie había reportado una pérdida.

La mayoría estaba en la esquina de San Martín. Otro grupo se había instalado en la vereda de la SAT y alguien le había conseguido una silla a una señora mayor que no podía hablar, las lágrimas le caían sin remedio detrás de los anteojos. “Ella tuvo que bajar desde el quinto”, contó un hombre en pijamas celeste. Mientras, una mujer también en prendas de dormir contaba que una vecina salió desnuda y fue socorrida inmediatamente por un policía, que se sacó la campera y se la puso para cubrirla.
Con el correr de las horas, los evacuados de la vereda iban tomando conciencia de que, en el mejor de los casos, sólo tenían su celular como toda pertenencia. Se iban encontrando con los que volvían del trabajo y se daban con semejante desastre. Por lo menos, quienes estaban presentes cuando ocurrió la explosión sabían cómo quedaron sus departamentos; los que estaban trabajando no sabían ni eso.
Al caer la noche, comenzaron las llamadas: “no te molestaría pero no tengo dónde pasar la noche”, “una expliosión, pero estamos todos bien”, “me tomo un Uber y voy para allá”, “no, no sé cómo voy a ir a trabajar mañana, si estoy en ojotas”. Un chorro de agua seguía cayendo por la fachada del edificio a oscuras. Algunos, más prácticos, comenzaron la retirada. Los más optimistas se quedaron por las dudas. Pero todos compartían una certeza: donde sea que los encuentre la madrugada, esa noche iba a ser difícil dormir.