
El 22 de agosto se cumplirán 60 años de la firma del decreto-ley con el que la dictadura de Juan Carlos Onganía inició el cierre de ingenios azucareros en Tucumán. Aunque esa fecha quedó como el símbolo de un antes y un después para la provincia, el proceso se extendió entre 1966 y 1968 y terminó con once fábricas fuera de funcionamiento. Se trató de una decisión que modificó para siempre el mapa económico, social y humano del territorio tucumano.
Para el historiador y docente Leandro Lichtmajer, la magnitud de aquel episodio no tiene comparación en la historia económica argentina. "Por su velocidad y por sus implicancias, el cierre de ingenios es uno de los hechos más dramáticos de la historia económica argentina", afirmó en el programa El Matutino. Según explicó, las estimaciones indican que entre un cuarto y un tercio de la población tucumana debió emigrar en aquellos años, una transformación que dejó secuelas que aún pueden observarse en numerosas localidades.

Las consecuencias fueron mucho más allá de la pérdida de puestos de trabajo. En pueblos como Santa Ana o Santa Lucía todavía permanecen los esqueletos de las chimeneas, edificios y estructuras fabriles como testimonio de un pasado que marcó profundamente a sus habitantes. Pero, como señala Lichtmajer, las huellas más profundas no son materiales, sino sociales. "Los efectos no son solo económicos, sino también profundamente sociales y comunitarios", remarcó.
El historiador sostiene que el ingenio ocupaba un lugar central en la vida cotidiana de esas comunidades. No era únicamente una fábrica donde se producía azúcar: también organizaba y marcaba el ritmo de buena parte de la vida social. Muchas viviendas pertenecían a la empresa, contribuía con la educación y proveía servicios básicos como la electricidad. Por eso, cuando el ingenio desaparecía, el impacto alcanzaba prácticamente todos los aspectos de la vida del pueblo. "No era solo una fábrica que cerraba", resumió.
La clausura de los ingenios silenció a los pueblos que latían a su ritmo, desarticuló a la comunidad y expulsó a sus habitantes por fuera de sus límites. Lichtmajer recordó el caso de una familia de Santa Lucía integrada por diez hermanos que debieron trasladarse a Merlo, en la provincia de Buenos Aires, después del cierre del ingenio. Solo uno de ellos regresó años más tarde. "Familias atravesadas por la migración... hablamos de un cuarto de la población provincial. Es una cifra impresionante", destacó al describir una de las consecuencias más profundas de aquel proceso.
Frente a las clausuras también surgieron distintas formas de resistencia. En varios pueblos se organizaron las denominadas comisiones prodefensa, integradas por vecinos, productores, trabajadores, sindicalistas y, en muchos casos, sacerdotes comprometidos con las causas sociales. Algunas de esas movilizaciones lograron resultados concretos, como la reapertura del ingenio Bella Vista, que continúa en actividad hasta la actualidad.

Los testimonios recogidos durante la investigación siguen conmoviendo a sus protagonistas. "Algunos extrabajadores nos contaban que fueron al ingenio a trabajar como cualquier día normal y las puertas estaban cerradas, con presencia policial y militar", relató Lichtmajer. Para el investigador, esos recuerdos permiten comprender que las consecuencias de aquellas decisiones todavía forman parte de la memoria colectiva de Tucumán.
Una serie documental para acercar la historia a las nuevas generaciones
Con motivo del 60° aniversario, el próximo 18 de agosto a las 18.30 se presentará la serie documental "Historia de un colapso. La Industria Azucarera en Tucumán" en el Museo de la Universidad Nacional de Tucumán (San Martín 1545). La propuesta, realizada por el Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES), el Instituto de Investigaciones sobre el Lenguaje y la Cultura (INVELEC), y la Escuela de Cine, reúne imágenes de archivo, registros audiovisuales y testimonios de protagonistas con el objetivo de reconstruir uno de los capítulos más trascendentes de la historia provincial desde un lenguaje accesible para el público joven.
Lichtmajer considera que, a pesar del paso de los años, el tema mantiene plena vigencia para muchos jóvenes. "La industria azucarera sigue siendo algo relativamente cercano, ya sea en historias familiares, en la vista de los cañaverales o en historias de vida que conocen", explicó. Por eso, el documental busca llegar a escuelas y colegios para que las nuevas generaciones comprendan cómo una decisión tomada hace seis décadas continúa presente en la identidad y la memoria de muchas comunidades locales.