
Otro partido para el infarto, otro partido donde la gente llama cardiólogos en pleno duelo para tratar de sacarlo adelante, donde la onicofagia es la mejor amiga. El corazón tucumano, ese que no entiende de treguas, volvió a latir al borde del abismo. Y donde la victoria vuelve a caer del lado de Argentina, el desahogo es total y en esta fiebre de sábado por la noche, con todo el calor de la alegría de la victoria y de la angustia transitada por más de dos horas (o incluso más teniendo en cuenta todo el día), la ciudad pareció exhalar al mismo tiempo, como si respirara con un solo pulmón.
La Plaza Independencia fue otra vez el escenario elegido por la mayoría de los tucumanos para desplegar la euforia y el desahogo por Argentina, que está entre los cuatro mejores. Escenas fabulosas con familias enteras empapadas del celeste y blanco, pintadas de pies a cabeza y con el ruido de la vuvuzela y un poco de cumbia entre algunas personas.

Quizás la nota negativa, la que está en las antípodas de lo que debería ser la celebración, es la llamativa cantidad de efectivos policiales alrededor de las escalinatas de Casa de Gobierno. ¿Precaución o extremismo? Un ejército de patrulleros custodiando una alegría que no pedía permiso para existir. Lo cierto es que no se debería apagar la felicidad de un pueblo que cuenta con pocas alegrías, y que encontró en el Mundial y la Scaloneta una manera de materializar esos sentimientos positivos.

Otra vez una semifinal, otra vez la ceremonia de festejo en el corazón de San Miguel de Tucumán, otra vez el mismo grito guardado durante años. Que no se corten y que no lo corten. Que de la mano de Leo Messi...

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