
Fotos: Butti.Photos
No era un partido más. Era una cita con la historia. La tensión y la euforia en la misma magnitud, así lo denotaron. Un festejo histórico para una victoria que será recordada por muchas cosas: primero, claro, por ser contra los ingleses.Y segundo, por una remontada en 5 minutos, con lo que eso implica. Una función más de nuestro 10 que a sus 39 años demuestra que está renovado, y el epicentro del desahogo fue la Plaza Independencia. Más repleta que nunca.

Que llegue el que tiene que llegar, un recuerdo histórico a flor de piel (aunque algunos lo quieran borrar) trepados hasta en terrazas para poder demostrar todo el amor que uno siente por esta nación, a veces, tan golpeada por falsos nacionalistas. Una más, y ojalá el domingo, la imagen se vuelva a repetir. Con tonada tucumana y que el acento español quede bien lejos. La plaza empezó a llenarse apenas terminó el partido; a los 20 minutos ya estaba prácticamente colmada.

Con el correr de los minutos, la euforia se hizo cuerpo y ocupó cada rincón disponible. A los 40 minutos de terminado el encuentro, las calles laterales quedaron directamente intransitables, tragadas por una multitud que no dejaba de crecer. Motos y patrulleros surcaban ese océano de gente, y el operativo de seguridad, prolijo y silencioso, supo acompañar la fiesta sin apagarla: hubo quienes debieron dejar el vehículo varias cuadras atrás y lo hicieron sin una sola queja, como si entendieran que ese pequeño sacrificio era apenas el precio de la alegría. A algunos, los menos, se les retuvo el alcohol en el ingreso; a la inmensa mayoría le sobró con el folclore de la propia celebración. Familias completas, grupos de amigos, abuelos y niños con la voz rota de tanto gritar: ahí estaban todos, unidos bajo un mismo cielo y un mismo grito. Por encima de las cabezas flameaba un mar celeste y blanco, tejido con banderas del logo de Malvinas, estandartes de Maradona y de Messi.

Luego de un tiempo considerable, la plaza explotaba en alegría y en cantidad de gente. El vaivén no daba tregua en las calles laterales: 24 de Septiembre y San Martín funcionaban como venas de un cuerpo que latía sin parar, y a la altura de calle 25 de Mayo circular ya era, lisa y llanamente, una utopía. Por Rivadavia, mientras tanto, el flujo de entradas y salidas se sostenía constante, como si toda la ciudad respirara por esa única vía. La expectativa, en el fondo, era una sola: que la noche se cierre en paz, sin incidentes que empañen la fiesta. Bajo esa promesa, con la plaza rebalsada como testigo, el pueblo celebra y pide un deseo para el domingo...

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