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Una campaña con lluvias abundantes puede abrir la puerta a mejores cosechas, aunque el agua por sí sola no alcanza para asegurar ese resultado. Los cultivos también necesitan nutrientes suficientes para sostener una mayor producción. Según estudios de especialistas del INTA, la diferencia entre el rendimiento que podrían alcanzar en secano y el que efectivamente obtienen los productores se ubica entre el 30 y el 50 %, dependiendo del cultivo. En años húmedos, esa distancia puede ampliarse si la nutrición queda por detrás del potencial productivo.
“El diagnóstico es el punto de partida de cualquier cultivo”, afirmó Hernán Sainz Rozas, especialista en nutrición de cultivos del organismo. Los años Niño pueden ofrecer condiciones para lograr rindes superiores, pero también dejan más expuestas las carencias nutricionales. Por eso, el análisis de suelo debe contemplar fósforo, nitrógeno, azufre y cinc, junto con indicadores que permitan estimar qué puede aportar el propio suelo. Esa información permite definir qué nutrientes agregar y en qué cantidades.
Los análisis del Laboratorio de Suelos del IPADS-Grupo Relación Suelo-Cultivo, en Balcarce, permiten dimensionar algunas de esas limitaciones en el sur y sudeste de Buenos Aires. Entre 2020 y 2026, el laboratorio evaluó 1.856 muestras para determinar fósforo extractable mediante el método Bray, un indicador utilizado para estimar la probabilidad de respuesta a la fertilización. Las medianas se ubicaron entre 12 y 15 partes por millón (ppm), lo que significa que la mitad de las muestras presentó valores inferiores a la mediana correspondiente.
En esa región, la probabilidad de obtener respuestas importantes al agregado de fósforo comienza a disminuir a partir de 15 ppm en maíz y de entre 12 y 15 ppm en soja y girasol. Sin embargo, los especialistas recomiendan apuntar a un rango de entre 18 y 20 ppm. Esos niveles favorecen los mayores rendimientos en la mayoría de los cultivos y evitan que el fósforo limite la fijación biológica de nitrógeno en soja. Los resultados advierten que una parte importante de los suelos evaluados necesita corregir su disponibilidad de este nutriente.
La capacidad del suelo para aportar nutrientes
El nitrógeno y el azufre también requieren atención cuando mejora la oferta de agua y aumenta la demanda de los cultivos. Una parte proviene de la descomposición de la materia orgánica, un proceso influido por la humedad y la temperatura. Para estimar ese aporte, los especialistas utilizan el nitrógeno incubado en anaerobiosis, conocido como Nan. En 3.515 muestras analizadas entre 2020 y 2026, las medianas anuales variaron entre 50 y 61 ppm: apenas entre el 39 y el 47 % del valor de referencia de los suelos prístinos de la zona, cercano a 128 ppm.
Además de reflejar una menor capacidad para suministrar nutrientes, ese indicador ayuda a identificar ambientes con posibilidades de responder a la fertilización. En los ensayos citados, el maíz produjo, en promedio, 3.100 kilos adicionales por hectárea tras recibir nitrógeno en lotes con Nan inferior a 50 ppm. En girasol, los aumentos rondaron los 500 kilos por hectárea cuando el Nan estuvo por debajo de 60 ppm y el nitrógeno disponible como nitrato fue menor a 50 kilos por hectárea en los primeros 60 centímetros del suelo.
El agregado de azufre también mostró resultados: en maíz se registraron aumentos de entre 330 y 1.100 kilos por hectárea en suelos con bajos valores de Nan, con mayores respuestas cuando había poca disponibilidad de ese nutriente a la siembra. En soja, los incrementos oscilaron entre 300 y 700 kilos por hectárea en suelos degradados, con poca materia orgánica y menos de 30 kilos por hectárea de azufre como sulfato en los primeros 60 centímetros. Para ajustar las dosis, el INTA recomienda combinar el Nan con las mediciones de nitrógeno y azufre disponibles al sembrar.
El cinc y la eficiencia en el uso del agua
El seguimiento del cinc también expuso limitaciones. En 2.872 muestras del sur y sudeste bonaerense, las medianas anuales de cinc extractable con DTPA variaron entre 0,8 y 1,25 ppm, equivalentes a entre el 24 y el 44 % de los niveles de suelos prístinos. En maíz se informaron respuestas superiores a 370 kilos por hectárea cuando el indicador fue menor a 1,06 ppm, y aumentos de hasta 2.000 y 2.400 kilos con valores inferiores a 0,87 ppm. En soja se registraron incrementos de hasta 400 kilos por hectárea con un nivel de 0,77 ppm. Estos resultados respaldan su incorporación habitual en los análisis y planes de nutrición.
Corregir las deficiencias también permite mejorar la productividad del agua, es decir, la cantidad de grano obtenida por cada milímetro disponible. Los ensayos en maíz mostraron mejoras al aumentar la oferta de nitrógeno y, cuando existían carencias simultáneas, al combinarlo con azufre. Una nutrición adecuada acelera el desarrollo de las hojas y la cobertura del suelo, lo que reduce la proporción de agua perdida por evaporación directa. Además, permite que las plantas fijen más dióxido de carbono por unidad de agua utilizada y lo transformen en producción.
“Fertilizar no consiste solo en aportar más nutrientes, sino en hacerlo con diagnóstico, en la dosis y combinación adecuadas”, explicó Sainz Rozas. La estrategia exige conocer primero la capacidad de cada suelo y ajustar los aportes al rendimiento que se busca alcanzar. En campañas con buenas lluvias, esa planificación cobra mayor relevancia porque crecen tanto las posibilidades de producción como las necesidades nutricionales. Convertir el agua en más grano depende, en buena medida, de que ningún nutriente frene esa oportunidad.