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Hubo una práctica, en la antesala del debut mundialista, en la que Nicolás Tagliafico se exigió hasta el agotamiento para comprobar si su cuerpo respondía. Scaloni le preguntó cómo estaba, el lateral le contestó que bien y siguió adelante. Esa escena la reconstruyó el defensor de 34 años ante Juan Pablo Varsky, en Clank: un desgarro sufrido poco antes del torneo lo dejó a un paso de quedar fuera de la lista. Durante días entrenó sin saber si seguiría en el plantel, y llegó a dejar de escribirles a amigos y familiares para concentrar toda la energía en recuperarse. Él mismo lo resumió así: “Yo jugué el Mundial antes de empezar el Mundial”.
Ya dentro del torneo, el desgaste emocional fue fuera de lo común. “Sucedieron muchas cosas en el Mundial, personal y colectivamente”, resumió Tagliafico, para quien fue la competencia más intensa de su carrera: larguísima en el calendario, pero fugaz en el recuerdo, y sin un solo partido tranquilo. El pico llegó en la semifinal con Inglaterra, que sintió multiplicada porque se jugaba por todo un país. Contó que, mientras sonaban los himnos, no escuchó nada; lo que lo atravesó fue la vibración del cuerpo del compañero al que tenía abrazado, y desde ahí sintió ganas de salir a devorarse al rival. Desde afuera de la cancha vivió el gol de Enzo Fernández como un desahogo equiparable al de la consagración mundial.

La final, perdida 1-0 ante España en Nueva Jersey, mereció un diagnóstico sin maquillaje. El defensor descartó cualquier lectura extradeportiva y explicó el resultado con razones de juego. “Hay que admitir que jugaron muchísimo mejor que nosotros”, dijo, y detalló que un rival de presión alta y dueño de la pelota los superó tácticamente, mientras Argentina, que no se siente cómoda defendiendo replegada, llegó exhausta en lo físico y en lo mental. En lo personal, recibió asistencia del médico en el entretiempo y completó el alargue con ambos cuádriceps acalambrados, sin cambios disponibles en el banco. “Fue feo porque sentí que le fallaba al equipo”, admitió. Por momentos temió que fuera su último partido con la Selección, aunque la amargura se fue disipando: llegar a otra final era algo que cualquiera habría firmado meses antes. También cuestionó a Lamine Yamal por proclamarse merecedor del Balón de Oro, un reclamo que, a su criterio, antes se dejaba en manos de otros.
Con la vista en lo que viene, Tagliafico evitó cerrar puertas, pero tampoco prometió nada. Admitió que este pudo ser su último Mundial, porque cuatro años son demasiado tiempo, y prefirió ir decidiendo semana a semana hasta que note que ya no le da el cuerpo. En el plano de clubes, lamentó que no se concretaran los acercamientos vinculados con Atlético de Madrid y Juventus: le queda un año de contrato en el Olympique de Lyon y se queda con la idea de que, si algo no sucede, es por algún motivo. A futuro se imagina como entrenador, algo que dice desde hace años y para lo cual ya cursa la formación. Lo atrae la conducción de grupos, aunque advirtió que la profesión exige dedicación total y dejó abierta otra salida ligada al fútbol, quizás desde la comunicación.

El tramo más picante estuvo reservado para el fútbol argentino. El ex jugador de Independiente y Banfield, que creció “con el Apertura y Clausura de 20 equipos”, confesó que mira poco los partidos locales, en parte por los horarios europeos. Con un esquema de zonas y cruces cuya lógica ya no termina de seguir, dijo, “uno va perdiendo el amor”. No sabe si pesa más la caída de calidad o la nostalgia de su infancia futbolera. Sobre un eventual regreso, aclaró que la puerta seguirá abierta, pero no lo ve en los próximos dos o tres años y dependerá del proyecto y del club.
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